¡Y yo con éstos pelos!

La matrona me lo dijo: “utiliza el sacaleches antes de la boda y tu madre le da uno o dos biberones a la niña. No hay problema.”

No hay problema, no hay problema…

Tuvo suerte. Se quedó de baja a los dos días de la boda. Si no juro que la mato.

A golpes con el infernal aparato.

Todo fue muy acertado: boda de una amiga, vestido palabra de honor, mesa con desconocidos, muchísimo calor y taconazos.

De las primeras horas tengo hasta un buen recuerdo. Una ceremonia preciosa, aperitivo al aire libre con amigos y el vestido, que en principio me quedaba grande, poco a poco iba encajando. Sobretodo de cintura para arriba.

Rápidamente, sin apenas poder decir nada a mi marido, nos llevaron al comedor. La mesa era de esas que apetecen, había un tío de la novia de unos sesenta años soltero, un matrimonio sin hijos, una pareja de gays y una estupendísima dedicada en cuerpo y alma a su susodicho. Todos desconocidos.

Y nosotros. Padres primerizos con un postparto en pleno auge.

Resistí con dignidad el primer plato. Pero en el segundo era todo muy evidente. La estupenda me miraba indignada porque ganaba yo, el soltero sesentón casi le corta el dedo a su vecino porque no miraba al entrecot y el matrimonio sin hijos mostraban una profundísima indiferencia.

Creía que tenía como aliados a la pareja de gays, pero cuando uno de ellos me señaló a gritos las manchas de mi vestido me dí cuenta que nunca había estado tan sola. Mi marido, que dedicó parte del aperitivo a la barra de gin-tonics,  se cayó de la silla riéndose y yo no sabía qué hacer. El vestido estaba a punto de reventar y yo con él, cuando una amiga vino en mi auxilio.

“Te pido un taxi”.

Al levantarme, me caí desde los doce centímetros y mi marido seguía tirado en el suelo muerto de risa pidiendo por favor al camarero: “un Cebralín”. Como si de otro gin-tonic se tratara. Rápidamente vino el tío de la novia a ayudarme y ahí me derrumbé. No podía soportarlo más. Mi amiga lo apartó de un manotazo  y atravesamos el comedor a toda prisa intentando pasar desapercibidas. Cuando estábamos llegando a la salida, el tío de la novia se acercaba con el quitamanchas corriendo y sacudiéndolo en el aire: “el Cebralín”. Solo imaginarme al tío quitándome la mancha, hizo aparecer en mi cabeza de nuevo a la matrona.

Por fin conseguí meterme en un taxi conducido por una mujer (Dios aprieta, pero no ahoga). Segundos antes de que mis hormonas se liberaran, la taxista me pasó una caja de kleenex. Casi fue como llorar en el hombro de mi madre.

No te olvides, aunque tu cabeza diga sí. Tu cuerpo, en un momento dado, va a decir que no. Hay una etapa de nuestra vida en la que solo, solo, somos madres.

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