Mi gran boda temática.

Siempre me apasionó Astérix. Y no digamos nada Obélix. Obélix me gusta muchísimo, la pena es que sea hombre. Y no es que esté gorda. De pequeña me caí en un balde de no sé qué y desde entonces he hecho unos treinta regímenes.

Cuando me regalaron mi colección de los galos y pensaba en mi boda, no había opción. La ambientaría en la aldea del druida Panoramix.

Y por fin, ese día llegó. Mi boda. A mi novio no le di otra salida y él, resignado, lo sabía. En las invitaciones advertimos a todo el mundo que deberían venir vestidos (nada de disfrazados, ésto es otra cosa) de galos o romanos, lo que ellos prefirieran.

El sacerdote, encantador, accedió a vestirse de Panoramix, como no. He de decir que era el decimoquinto consultado. Sevillano y del Club de la Comedia. Pero teníamos druida.

Yo me reservé a Falbala. Me tuve que teñir el pelo y poner unas extensiones que me costaron más que el vestido, pero lo conseguí. No parecía yo. Como si de “Lluvia de estrellas” se tratase, me convertí en la guapísima Falbala.

Mi novio fue Astérix. Conseguí que se dejara bigote y el pelo largo durante más de un año, eso sí, hubo que teñirlo porque mi novio es más moro que cristiano.

El resto de los personajes se repartieron entre unas doscientas personas y mi sueño se cumplió con creces. Las invitadas estaban encantadas con eso de que se llevan las trenzas muchísimo…

Como nos fue imposible trasladarnos a una aldea en Normandía, lo celebramos cerca de Proaza, en Asturias, en un paraje perdido que se tardaba en llegar más que a Almería, pero mereció la pena.

La música fue preciosa. En el aperitivo amenizó un solo de lira con un artista vestido de Asurancetúrix. En ocasiones también recitaba. Precioso.

El catering corrió a cargo de un chef estupendo. Después de mucho pelear conseguimos que el plato fuerte fuese el jabalí sin trocear y, por supuesto, sin cubiertos. He de confesar que algunas quejas de invitados me llegaron.

Como centro floral en la mesa presidencial pusimos un menhir de un tamaño considerable. El fallo fue que no nos permitía ver a los invitados, que disfrutaban de la cena en mesas alargadas, sin mantel, repletas de fuentes con cerdos salvajes y copas de latón.

El problema lo tuvimos con mi suegro, que se creyó tanto el papel de Obélix, que después del brindis, enganchó el menhir y no lo soltó en toda la noche, solo cuando le caía cada cinco minutos sobre algún invitado. Se peleó con Julio César por un quítate tú para ponerme yo. Y con gran júbilo por mi parte, todo acabó en una grandísima pelea entre galos y romanos, con menhir volando incluido.

Fui muy feliz ese día, algo irrepetible.

Los romanos acabaron poniéndonos una denuncia por un accidente de nada, algo sin importancia.

Ya lo decía mi suegro, “están locos éstos romanos”.

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